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Mujer reclinada con niño y la revolución de Henry Moore

3–5 minutos

A primera vista, es difícil apreciar algo en esta masa de bronce pulido y formas onduladas, volúmenes que parecen inflados por el viento y, sobre todo, grandes huecos que atraviesan la materia. Para un ojo no entrenado, cuesta identificar una forma humana en este paisaje de metal. Sin embargo, bajo esa apariencia abstracta, Mujer reclinada con niño explora algo tan básico y humano como el instinto de protección y el vinculo de una madre y su hijo.

Henry Moore (1898 – 1986) no buscaba copiar la realidad, sino extraer su esencia. Para este escultor británico, la figura humana era solo el punto de partida para una exploración mucho más profunda donde chocan el arte primitivo, el Renacimiento italiano y la fuerza bruta de la naturaleza.

De Miguel Ángel a los templos precolombinos

El viaje de Moore hacia su estilo inconfundible comenzó en la década de los años 20. Mientras sus contemporáneos seguían anclados en el realismo, Moore se convirtió en una esponja capaz de mezclar mundos aparentemente incompatibles.

Por un lado, veneró la monumentalidad de maestros renacentistas como Giotto y Masaccio en sus viajes por Italia. Por otro lado, quedó fascinado por las vanguardias parisinas de Picasso y Brancusi. Pero la verdadera obsesión que rompió sus esquemas fue el arte no occidental: las máscaras africanas y, muy especialmente, las esculturas prehispánicas de mayas y aztecas.

Toda esta mezcla cristalizó en su célebre serie Madre e hijo. Moore tomó la esquematización cruda de un ídolo azteca y le aplicó un pulido brillante digno de la vanguardia moderna. Pero el secreto está en la composición. Al igual que hacía Miguel Ángel, Moore rompe la simetría. La figura principal mira hacia el frente mientras la secundaria gira la cabeza, abriendo los ejes de visión. Es este truco compositivo el que dota a la obra de una tridimensionalidad psicológica que nos obliga a rodearla para intentar descifrarla.

La invención del vacío estructural

A partir de los años 30, Moore tomó una decisión radical: perforar la materia. En la escultura clásica, los huecos eran accidentes naturales, por ejemplo, el espacio bajo un brazo doblado. Moore, sin embargo, convierte el vacío en un elemento estructural.

Introduce perforaciones que no corresponden a la anatomía real, sino que forman parte de la arquitectura de la pieza. Al jugar con lo lleno y lo hueco, Moore nos enseña que el espacio que rodea y atraviesa la obra es tan importante como el propio bronce. Es aquí donde la obra se vuelve casi abstracta, cuando el cuerpo se desdibuja para dejar paso a un juego de luces y sombras que atraviesan la escultura.

Bimorfismo: cuando el taller es la propia naturaleza

Moore no esculpía de espaldas al mundo. Su proceso creativo nacía de la tierra, de una forma que recuerda a los impresionistas o al mismo Joan Miró. Moore solía pasear por el campo y recoger cráneos de animales, maderas flotantes, guijarros pulidos por el río y conchas. Estos objetos dictaban las curvas de sus obras, dando lugar a la escultura biomórfica (formas inspiradas en lo biológico). Las formas hinchadas y rotundas de esta Mujer reclinada con niño no intentan imitar músculo o piel, sino que fusionan la anatomía con la erosión de una roca o la curvatura de un hueso encontrado en el bosque.

El trauma de la guerra y la escultura como paisaje

Tras vivir el terror de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial —que documentó con crudeza en sus Dibujos de refugios—, Moore sintió la necesidad de devolver el arte a sus orígenes más puros y prerracionales.

Sus obras aumentaron drásticamente de tamaño, pasando de piezas íntimas a monumentos de bronce a gran escala. Moore desarrolló un método de trabajo único: modelaba pequeñas figuras en arcilla que luego escalaba hasta dimensiones arquitectónicas.

Lo más fascinante de su etapa de madurez es cómo integraba estas piezas en el entorno. Antes de realizar un gran encargo, Moore visitaba el lugar y abocetaba la escultura in situ. No colocaba una figura en un paisaje, diseñaba una figura cuyas curvas y vacíos encuadraran las montañas o el horizonte del fondo.

Mujer reclinada con niño es, en definitiva, el recordatorio de que el arte no siempre tiene que ser una copia fiel de lo que vemos. A veces, hay que romper la forma para poder ver lo que hay detrás.

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