Después de la Segunda Guerra Mundial y del impacto moral del Holocausto, el arte ya no podía seguir siendo el mismo. Europa quedó devastada y muchos artistas emigraron a Estados Unidos, provocando un desplazamiento decisivo del centro artístico: París dejó paso a Nueva York. En este nuevo contexto nació el expresionismo abstracto, la primera gran vanguardia genuinamente estadounidense.
El mundo había quedado dividido en dos bloques, comunismo y capitalismo, y el clima era de incertidumbre, desconfianza y crisis de valores. Frente a ese panorama, muchos artistas abandonaron cualquier referencia figurativa y optaron por un arte profundamente personal, en el que lo importante no era representar, sino expresar. Como afirmaba Jackson Pollock, el artista moderno ya no ilustra, sino que trabaja con el espacio, el tiempo y sus propios sentimientos.
El expresionismo abstracto surge hacia 1947, cuando numerosos pintores rompen definitivamente con la figuración y fusionan la abstracción con el automatismo surrealista, heredado del grupo surrealista exiliado en Estados Unidos. El azar, la improvisación y el proceso creativo se convierten en elementos esenciales de la obra.
Se trata de un arte marcadamente individualista. Cada artista desarrolla un lenguaje propio y único, donde el gesto funciona como una huella personal irrepetible. El cuadro deja de ser una imagen para convertirse en el registro de una acción, casi en la prueba material de un ritual creativo.
Formalmente, se caracteriza por el uso de grandes formatos, la eliminación de la perspectiva y de la profundidad espacial, y un espacio pictórico totalmente plano y frontal. Predomina una paleta cromática limitada, con blancos, negros y colores primarios, aunque algunos artistas llegarán a reducir la obra a casi un solo color, anticipando el minimalismo.
Dentro del expresionismo abstracto se distinguen dos grandes tendencias. Por un lado, la pintura gestual o action painting, donde el acto de pintar es esencial: destacan Jackson Pollock, Willem de Kooning y Franz Kline. Por otro, la pintura de superficie o color field painting, centrada en grandes campos cromáticos y en la relación emocional entre los colores, con artistas como Mark Rothko, Clyfford Still y Barnett Newman.
Con este movimiento, Estados Unidos asume el liderazgo artístico occidental y el arte deja definitivamente de buscar una verdad externa: ahora la verdad está en el propio artista y en el gesto con el que se enfrenta al lienzo.
