El Surrealismo surge en París en 1924, con la publicación del Primer Manifiesto Surrealista de André Breton. Nace en un contexto de cansancio general frente al realismo, el naturalismo y las normas estéticas heredadas del siglo XIX.
Breton, poeta y antiguo miembro del Dadaísmo, abandona este movimiento al considerar que su actitud destructiva había perdido fuerza. Frente al caos Dadá, propone una base teórica sólida que permita ir más allá de la negación y construir un nuevo lenguaje creativo.
Durante la Primera Guerra Mundial, Breton trabajó como camillero en hospitales psiquiátricos. Allí entró en contacto con las teorías de Sigmund Freud y con la realidad de la enfermedad mental, experiencias decisivas para el desarrollo del surrealismo.
Del psicoanálisis interesaba especialmente el papel del subconsciente en el comportamiento humano. Los surrealistas defendían que la razón limita la creatividad y que solo liberando la mente de todo control racional podía surgir un arte auténtico.
Por ello recurrieron a técnicas como la escritura automática, la pintura automática, la representación de sueños, las asociaciones libres y el uso del azar. El objetivo era dejar que el pensamiento fluyera sin censura moral, estética o lógica.
Acceder al subconsciente implicaba mostrar deseos reprimidos, imágenes perturbadoras y escenas incongruentes, a menudo utilizadas para criticar la hipocresía de la sociedad burguesa.
No existe un único estilo surrealista. Cada artista desarrolló un lenguaje propio, aunque podemos distinguir dos grandes tendencias:
- Una corriente automática, espontánea y abstracta, basada en el gesto y el azar.
- Una corriente figurativa, con imágenes precisas y a veces hiperrealistas, aplicadas a escenas oníricas e irreales.
En ambos casos, la obra suele ser ilógica, inquietante y cargada de simbolismo, combinando objetos cotidianos de forma absurda para provocar asociaciones inesperadas en el espectador.
Aunque el surrealismo comenzó como un movimiento literario, pronto se extendió a la pintura, la escultura, la fotografía y el cine. En este último alcanzó una gran fuerza expresiva, rompiendo la narración tradicional y utilizando imágenes impactantes, el erotismo y la violencia simbólica para escandalizar y despertar al espectador.
El ejemplo más emblemático del cine surrealista es Un perro andaluz (1929), de Luis Buñuel y Salvador Dalí, concebida a partir de sueños y sin intención narrativa lógica.
Con el movimiento ya consolidado en los años treinta, Breton se convirtió en una figura casi autoritaria, expulsando a quienes se alejaban de su doctrina —serían expulsadas figuras como Dalí—. Aun así, el surrealismo nunca fue homogéneo ni cómodo. Fue contradictorio, excesivo y profundamente personal.
