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¿Cómo pintó Giacomo Balla el tiempo en ‘Chica corriendo en el balcón’?

3–4 minutos
Chica corriendo en el balcón de Giacomo Balla

A principios del siglo XX, el mundo estaba acelerando. La electricidad iluminaba las noches, las fábricas escupían humo y los primeros automóviles empezaban a conquistar las calles. Sin embargo, el arte seguía anclado en lienzos estáticos y estatuas de mármol. Hasta que un grupo de artistas italianos decidió que había llegado el momento de que la pintura también pisara el acelerador.

Si nos detenemos frente a Chica corriendo en el balcón (1912), lo primero que experimenta el ojo es un ligero desconcierto. No hay líneas claras, no hay un rostro definido, ni siquiera hay un balcón evidente. Lo que Giacomo Balla nos presenta en este óleo es un estallido de color fragmentado.

Para entender esta obra, debemos olvidar la idea tradicional de que un cuadro es una «ventana» que captura un instante congelado. Balla no solo ofrece un ejercicio visual fascinante, sino que también es la rencarnación perfecta de una de las vanguardias más radicales, ruidosas y polémicas de la historia: el Futurismo, no quería congelar el tiempo; quería que el tiempo transcurriera dentro del lienzo.

El engaño del puntillismo

A nivel técnico, la primera impresión que da el cuadro es que Balla está utilizando el puntillismo, la técnica de aplicar pequeños puntos de colores puros que popularizó Georges Seurat. Y en parte es cierto, Balla conocía profundamente esta técnica. Sin embargo, su objetivo era diametralmente opuesto.

Mientras que los puntillistas franceses usaban las pequeñas manchas de color para estudiar cómo la luz se mezclaba en el ojo del espectador, Balla utiliza el color fragmentado para generar vibración. Los tonos puros e intensos (azules, verdes y amarillos) no construyen un paisaje tranquilo, sino que actúan como pura energía visual. El color tiembla, palpita y dota a la imagen de una sensación de inestabilidad constante.

La influencia de la cronofotografía

El gran reto del pintor era plasmar la velocidad continua en un soporte estático. Para resolverlo, Balla no miró a otros pintores, sino a la ciencia y a la tecnología de su época, concretamente a la cronografía.

A finales del siglo XIX, pioneros de la fotografía como Eadweard Muybridge o Étienne-Jules Marey habían logrado captar el movimiento en secuencias de fotogramas superpuestos, como la famosa ráfaga de un caballo al galope. Balla aplica exactamente este mismo principio científico a la pintura.

Si leemos el cuadro de izquierda a derecha, podemos seguir el rastro del movimiento. No hay una sola chica, sino la misma figura multiplicada a lo largo de su propia trayectoria. Vemos la bota repitiéndose, la rodilla flexionándose y el vestido ondeando en diferentes fases. Balla descompone el acto de correr en secuencias visuales, obligando a nuestro cerebro a unir las piezas y «reproducir» la animación, destruye la figura humana individual para convertirla en pura vibración y energía visual.

Geometría y máquina: el eco del Cubismo

Aunque el fin último de Balla es el movimiento, necesita una estructura gráfica para que el cuadro no se convierta en una mancha incomprensible. Es aquí donde entra en juego la influencia del Cubismo.

Balla toma la idea cubista de geometrizar y romper la realidad en múltiples planos o facetas. La figura de la niña —apenas perceptible por las botas oscuras y la silueta del cabello— se mezcla con la barandilla del balcón representado por las líneas verticales que atraviesan la composición. Fondo y figura se funden a través de una cuadrícula rítmica.

Esta mezcla de geometría rigurosa y repetición secuencial le da a la obra un aire casi mecánico, propio de la era industrial que estaba viviendo la sociedad. La niña deja de ser un retrato humano para convertirse en el engranaje de un motor. Es la exaltación de la máquina llevada al cuerpo.

El legado de Balla

Giacomo Balla no fue el único en intentar pintar el movimiento, pero sí fue uno de los que lo abordó con mayor rigor científico. Chica corriendo en el balcón es una obra bisagra. A través de ella, Balla sentó las bases formales que luego conectarían con otros movimientos europeos profundamente geométricos e industriales, como el Constructivismo.

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