Nabis

A finales del siglo XIX, un grupo de jóvenes artistas decidió que el arte necesitaba una renovación interior. Se autodenominaron Nabis (nabí en hebreo, que significa «profeta»), una elección que ya adelanta el fuerte componente espiritual y sus intenciones.

Ellos defienden que el arte no debe imitar la realidad, sino expresar sentimientos y estados de ánimo. Su chispa inicial fue El talismán, un cuadro que pintó Paul Sérusier bajo las órdenes de Paul Gauguin en su viaje a la Bretaña francesa. Allí trabajó bajo las órdenes del pintor postimpresionista y siguiendo una indicación decisiva: representar cada elemento del paisaje con el color que el artista siente, no con el que ve. Al regresar a París y mostrar la obra a sus compañeros, estos viven una auténtica revelación y deciden agruparse bajo este nombre.


Lo que unía a artistas tan distintos como Pierre Bonnard, Maurice Denis, Paul Sérusier o Édouard Vuillard, además de los escultores Aristide Maillol y Georges Lacombe, no era un estilo rígido, sino una actitud común. Para los Nabis, el tema de la obra —fuese un paisaje o una escena doméstica— era una simple excusa. Lo verdaderamente revolucionario era entender que un cuadro, antes que cualquier otra cosa, es una superficie plana cubierta de colores. Esta idea, formulada por Maurice Denis, fue el primer gran paso hacia la abstracción del siglo XX: el arte ya no tenía que imitar la vida, tenía que ser una emoción en sí misma.

Dentro del grupo convivían dos tendencias complementarias:

  1. La vía espiritual o simbólica (Sérusier y Denis). Inspirados por Gauguin, buscaban lo primitivo y lo sagrado. Usaban el cloisonnismo —grandes manchas de color plano delimitadas por bordes oscuros—, recordando a las vidrieras medievales y buscando devolverle al arte un contenido moral y emocional.
  2. La vía intimista (Bonnard y Vuillard). Más próxima al Impresionismo tardío y a Degas, se centraron en los interiores burgueses y la vida cotidiana. Su estilo era profundamente decorativo y estaba obsesionado por cómo la luz artificial y los patrones de los papeles pintados envolvían a las figuras, el arte japonés, perspectivas en altura y composiciones descentradas.

El grupo tiene también una dimensión comunitaria. Conviven, trabajan juntos y comparten talleres, siguiendo modelos anteriores como los Prerrafaelistas o los Nazarenos alemanes.

Fieles en su espíritu multidisciplinar, los Nabis no se quedaron solo en el lienzo. Llevaron su estética a las vidrieras, el cartelismo, la escenografía teatral y el diseño de interiores. Para ellos, no había frontera entre la pintura y las artes decorativas, todo formaba parte de un mismo universo estético que debía transformar la realidad.

Como profetas de lo nuevo, los Nabis lanzaron una proclama silenciosa:

«La pintura es, por encima de todo, un lenguaje de símbolos y estados de ánimo».

Fueron el puente esencial entre el Postimpresionismo y el arte moderno. Al liberar el color de su obligación de ser real, los Nabis enseñaron que el arte es, ante todo, una construcción de la mente y el espíritu, sentando una de las bases fundamentales del arte del siglo XX.