El Postimpresionismo no nació en una reunión de café ni bajo un manifiesto compartido. De hecho, sus protagonistas no sabían que formaban parte de un «ismo». Pintaban, buscaban, dudaban y, en su mayoría, fracasaban en vida.
El nombre llegó tarde, en 1910, cuando el crítico Roger Fry, con motivo de una exposición celebrada en Londres dedicada a estos artistas, tuvo que buscar un término para explicar por qué unos artistas que usaban colores brillantes ya no pintaban como Monet. Lo que les unía no era una técnica, sino una insatisfacción: capturar la luz ya no era suficiente, ahora tocaba interpretar el mundo.
Por eso el Postimpresionismo no es un estilo homogéneo, sino un territorio común ocupado por artistas muy distintos.
Aunque mantuvieron la pincelada visible, los colores vivos y temas cotidianos de sus precedentes, los postimpresionistas rompieron con la obligación de copiar la naturaleza. La subjetividad pasó al primer plano. Ya no importaba si el cielo era azul o el árbol verde, sino qué estructura o qué emoción proyectaba el artista sobre ellos. Fue el momento en que la pintura dejó de ser una ventana para convertirse en un lenguaje propio.
En este territorio común, tres figuras trazaron los mapas del arte que estaban por venir:
- Cézanne y la geometría. Redujo la naturaleza a cilindros, esferas y conos. Al fragmentar el espacio en planos facetados, enseña como un cuadro es una construcción intelectual, convirtiéndose en el padre directo del Cubismo.
- Gauguin y el símbolo. Abandonó la observación directa para buscar lo primitivo. Con el uso de colores arbitrarios y superficies planas, demostró que el color no tiene por qué ser real para ser verdad, abriendo la puerta al Fauvismo.
- Van Gogh y la emoción. Convirtió la pincelada en un sismógrafo de su alma. Con él, el color dejó de describir la luz para expresar directamente el estado emocional, sentando las bases del Expresionismo.
La exposición de 1910 que dio nombre al movimiento fue un desastre de crítica y público. Sin embargo, ese «fracaso» reunía los pilares sobre los que se construiría todo el arte contemporáneo. El Postimpresionismo fue un punto de inflexión: el instante en el que el artista dejó de representar el mundo tal como se ve para empezar a mostrarlo tal como se siente y se piensa.
