A finales del siglo XIX, mientras el Realismo se obsesionaba con describir las calles y el Impresionismo con atrapar la luz, surgió en Francia una rebelión silenciosa. El Simbolismo nació para dar la espalda a lo visible. Fue una insurrección contra la lógica, la ciencia y la realidad en bruto; una invitación a cerrar los ojos para poder, por fin, mirar hacia adentro.
Para los simbolistas, la verdad más profunda no estaba en la superficie de las cosas, sino en lo que esas cosas evocaban. Cansados de la objetividad científica de su época, estos artistas escaparon hacia lo onírico, lo visionario y lo irracional. No buscaban pintar un objeto, sino el estado de ánimo que ese objeto producía. Por eso, el Simbolismo no es un estilo de formas rígidas, sino una actitud ante la creación: una apuesta radical por la subjetividad.
Algunos buscaron experiencias extremas, otros recuperaron la espiritualidad romántica de Blake, los nazarenos o los prerrafaelistas. Cada uno iba a su aire, por lo que resulta casi imposible encerrar el Simbolismo en un estilo concreto.
El movimiento abrazó todo lo que la modernidad intentaba ignorar: la espiritualidad, los mitos antiguos, el esoterismo y la ambigüedad. Buscaban que la realidad se transformara en enigma con la aparición de figuras andróginas, paisajes que parecen soñados y la recurrente figura de la mujer fatal, que se manifiesta como esfinge, sirena o araña; no como un retrato real, sino como un arquetipo nacido de las luces y sombras del deseo humano.
Su impulso inicial viene de la literatura. El Simbolismo sustituyó lo explícito por lo sugerido. Es un lenguaje oblicuo donde los colores y las formas funcionan como símbolos de una realidad espiritual o psicológica superior. No se trata de narrar una historia, sino de transmitir un misterio.
Como si de un manifiesto se tratara, el Simbolismo sentó las bases de la libertad creativa absoluta. Para los simbolistas no era copiar el mundo, sino crear un lenguaje para el alma. Hablar de mundos ideales, de sueños, de visiones interiores…
Este rechazo radical a la realidad convencional abrió las puertas a la fantasía del Arte Nouveau y, décadas más tarde, al viaje por el subconsciente del Surrealismo.
